martes, 24 de marzo de 2009

Capítulo X

Scarlett. La misteriosa Scarlett. La farsante e inflexible Scarlett. La corta e intensa convivencia con ella se ha convertido en aire. Apenas unos meses, ese será todo el tiempo que tengamos nunca juntos. Ni un segundo más, ni ahora ni nunca. Ahora ni siquiera me queda el recuerdo de ese tiempo porque la incoherencia de los últimos días me lo eclipsa, porque los momentos felices –deseados, fingidos o no- se han convertido en aire, y el aire es nada. Todo lo que hemos compartido se ha desvanecido, y lo peor es que echo la vista atrás y no me veo en ese tiempo. Me imagino interaccionando con ella –conociéndonos, paseando por la ciudad, huyendo de la lluvia en un café, escribiendo cartas y comentando las noticias, leyendo en voz alta, cocinando, follando, riendo, descubriéndonos, mojándonos- pero no me creo, o mejor, no quiero creerme. En serio que pienso que ese era un actor, un alter ego mío intentando llevar una relación normal, contento por unos cómodos zapatos viejos que me eran extraños. Pero esos zapatos no eran los únicos extraños, porque todo lo vivido –conocernos, pasear por la ciudad, huir de la lluvia en un café, escribir cartas y comentar las noticias, leer en voz alta, cocinar, follar, reír, descubrir- tampoco vive en mi. El caso es que no me cansé, no antes que ella. Me dejé llevar y he pagado su precio, aunque no me siento en absoluto culpable. Desde luego que no. Hice de nuestra relación un seguro de vida, un lugar de unión y una demostración de poder. Nuestra vida en común parecía exenta de toda dificultad: atractivos, de buena familia aunque algo desestructurada, supongo que de ahí el punto canalla y autodestructivo respectivamente. Cultos, sofisticados y excéntricos, cosmopolitas y aventureros, divertidos –al menos entre nosotros-, encantados en un principio de habernos conocido –el uno a la otra, y cada cual a sí mismo-, en el lugar idóneo y a la hora señalada, afortunados por haber despertado juntos la primera noche, porque de no haber sido así no habría habido ninguna otra noche, ni ningún otro día. El mundo debería haber sido nuestro por ley natural.




La vi por primera vez en una galería de arte, o mejor dicho, de camino a la galería. Cruzamos nuestras miradas ese mismo día en una calle del Raval barcelonés. Apenas unos minutos antes estaba en mi apartamento dejándome secuestrar por uno de mis amigos, y fue, disfrutando del placer de la barra libre, cuando entró en la exposición, poco tiempo antes de iniciar un estúpido e infantil baile de miradas y acercamientos físicos. Era mi distracción esa noche, la licencia para jugar a huir de lo duro de mi mundo absurdo y enmascararme de una seguridad que ocultara mis nulas dotes para enfrentarme a él, a mi mundo, con cierta solvencia. La casualidad hizo que tiempo después siguiéramos ese ingenuo baile en la primera fila de un concierto de poca afluencia. Ahora, con la perspectiva que me otorga la cota donde me sitúa el tiempo, veo la metáfora del inicio. Buscándonos entre el humo de la sala, bajo una lluvia de globos amarillos convertida en guerra de materias que nos golpeaban más abajo de nuestras cinturas. Ráfagas de aire ovalado y amarillo pasando por encima de nuestras cabezas y nosotros, cada cual en su bando, tomando rehenes que actuaran como cómplices del asedio hasta acabar luchando solos, desnudos, en la que sería nuestra war room. Fui descubriendo sus armas, y desmontando su estrategia poco a poco, porque en realidad toda esta batalla preadolescente estaba basada en una miopía galopante. Todo mi caparazón de seguridad y entereza, de felicidad y comodidad, de madurez y sofisticación, iba siendo abrasado por el ácido que ella utilizaba para limpiar sus ojos. Ojos entonces claros, graduados, limpios de aire y de humo, en fin, de todo aquello en lo que se convirtió nuestra relación, en lo que nos convertimos nosotros. No hemos sido más que unos ciegos que ideaban su imperio con ladrillo ovalado y amarillo, imposible de cimentar, sin base sobre la que construir nada que no fuera totalmente efímero. Pero era normal, sí, no podía engañarme, no podía engañarla, menos aun cuando volví a divisar una utopía que me hizo recuperar el recuerdo del hogar soñado, y tomar la convicción de que todo es posible, y al mismo tiempo saber que nada es real.

El día en que se marchó Scarlett fue el día en que me conciencié del hecho de que siempre he estado solo. Estaba enfermo, muy enfermo. Ella salió de mi apartamento a las ocho de la mañana mientras yo reposaba en nuestro Titanic particular. Cuando me incorporé entendí por qué había salido una hora más tarde de lo normal. Los cajones estaban abiertos, mi ropa revuelta y no había resto de sus maletas. Recordé algo de la noche anterior, cuando en mi convalecencia y consumido por las drogas legales, identifiqué palabras como “distanciamiento”, “infelicidad”, “límite” y “no voy a quedarme esta noche”. Estoy seguro de esta última frase porque creo que yo no paraba de repetirle que necesitaba una ducha, una cena caliente, dormir y que ella estuviera a mi lado. Comprobé que pude persuadirla de esta plegaria y recordé, al encontrarme con la misma ropa que el día anterior y por los quejidos que emergían desde mi estómago, que no hubo ni ducha ni cena: sólo cama, sólo sueño y un último viaje juntos en el Titanic. Hasta me parece gracioso el pseudónimo que le puso sabiendo el destino final de ambas maquinarias: su hundimiento.
Transité por la casa hasta acabar de montar el rompecabezas de todo esto. El baño estaba intacto, y sus cosas de aseo en el sitio de siempre. Tampoco había cogido la ropa limpia del tendedero, ni la sucia del cesto. Intenté dormir un poco más y, sí, por qué no decirlo, intenté llorar(me), pero ambas cosas fueron imposibles. Llené una maleta con la ropa y enseres que le quedaban, perfectamente doblados, ordenados y clasificados por colores, tamaño e importancia. Dispuse la maleta en el recibidor y esperé su regreso hasta dos horas después de su salida del trabajo, momento en que recibí un mensaje al teléfono donde leía “Hoy no. Un beso”. Sólo entonces decidí salir de casa y afrontar una calle que hacía tres días que no pisaba. A partir de ese momento creo que fue cuando el personaje que escribí en esas páginas sobre la gran tragedia del hombre contemporáneo apareció convertido en mi mismo, es decir, yo me creí mi propio personaje hasta el punto en que yo no era yo, sino él, pasando a formar parte de la fértil y recurrente épica del fracaso y la imposibilidad de vivir en pareja con sólo veintiocho años.

Me duché, me afeité y me vestí con el nuevo traje de sastre a medida recién sacado del taller . Como un emperador que busca la cohorte, cené en el restaurante vasco de la esquina y entonces empezó la función. Sin reparar en gastos ni medida obligué al personal a realizar un despliegue de atenciones sin precedentes. Elegí el marisco del acuario, obligué a que me dieran a degustar algunos platos de la carta en pequeñas raciones, pedí Beluga sólo por curiosidad y derroche, sin haberlo degustado en la vida y con el convencimiento de que no me gustaría. Descorché botellas de champagne francés y las compartí con mis vecinos comensales, pedí toda la carta de postres y ordené que los amontonaran sobre un carrito de catering que debían situar a mi lado izquierdo… todo corriendo, sin freno, como mi lengua, y los cigarrillos que empezaba y no acababa, y los resoplidos de humo, y los devaneos y sudores que brotaban de mi frente todavía por la fiebre, y las llamadas al personal, y ciertas actitudes altivas hacia el resto de comensales, haciendo gala en todo momento de mi exceso de educación y misantropía. Aproximadamente a las tres de la madrugada volví a mi apartamento. Arrastré la maleta con sus pertenencias hasta el cuarto de baño, la abrí, me desnudé y probé sus maquillajes y la totalidad de sus prendas, utilicé sus cremas y perfumes para masturbarme más tarde con la inestimable ayuda de su ropa interior, uno de sus pantalones tapándome hasta las rodillas y una de sus camisetas anudada a mi cuello. Viendo porno por internet con las ventanas abiertas con más miedo que vergüenza. Viendo una y otra vez su mensaje del "hoy no”. Leyendo y releyendo los textos que apuntó en mi libreta donde me juraba que cualquier cosa que yo hiciera le volvía loca. Maldiciendo las innumerables notas de mantenimiento personal que me colgaba en la nevera, dentro de mis libros o delante del televisor, donde me apuntaba el estilo de vida que debería llevar, las palabras en inglés que debía conocer, los minutos de televisión que me permitía ver y la rutina que deseaba tener conmigo. Demasiada disciplina para mí. No, no hubiera durado demasiado. Como siempre ha sucedido, me habría agotado al poco tiempo, pero el caso es que no fue así. Fue ella quien se cansó de mí, de mi falta de atención, de mi incomprensible ausencia de detalles, incluso de mi arrogancia. De la aleatoriedad de mis decisiones y la poca organización de mis días, de mi agresividad y de mi impredecibilidad. Cualquiera que la hubiera oído entonces no hubiera dado crédito a lo que predicaba sobre mí, pero quizá sí, quizá yo sea así para con quien quiera acercarse a mi vida. Ahora sólo me queda el sin sentido de todo, la búsqueda de una lógica que me ofrezca una explicación razonada de lo que pasó, pero sé que dicha lógica no reside en mi. Me queda eso y el volver a afirmar que todo lo importante en mi vida se me escapa por el rabillo del ojo, y estoy cansado, cansado de ser el culpable, cansado de ser la víctima, cansado de mi mente y mi pensamiento, cansado de mi imagen, cansado de mis actos y mi pasividad; aunque sé que el cansancio está siempre a un paso de la victoria en este perro mundo, sí, sobre todo ahora que cuando más hastiado me encuentro se me presentan oportunidades que no puedo rechazar, pero lo cierto es que tampoco existe razón alguna que pueda justificarlo.




Hace apenas unas horas la he vuelto a ver. Le he entregado la maleta y ni he mostrado interés cuando me ha confesado que no quería construir un futuro conmigo aun sin tener nada en mi contra. Deseaba tener una relación normal, al menos para salvar lo felices que fuimos en un tiempo. Todo un detalle por su parte. Ahora, enredado con el repaso a cada desgracia sucedida en mi corta y trágica vida sentimental, y tras mi rotundo adiós, me queda el sentimiento de pérdida de alguien que formó parte de mi vida de una forma tan íntima y marcial, con la certeza de que ya ninguno de nuestros caminos se cruzarán jamás. Es duro sentir que alguien ha muerto para ti, pero creo que eso es lo único que he hecho durante estos últimos cinco años: matar y resucitar a gente, cómodamente sentado en el colchón de mi autocomplacencia… y seguramente, al imaginarme ella en ese colchón, fue lo que forzó su alejamiento y su marcha final, no mi supuesta reticencia a cumplir sus puntos sobre el mantenimiento y el estado de nuestra relación. Eso y el no saber matar a alguien más, o mejor dicho, mantenerle vivo.

sábado, 28 de febrero de 2009

Repitiendo la historia

Tendemos a pensar nuestra vida como una ficción, tratamos de vivirla como si fuéramos personajes codificados en un guión escrito por la providencia y el azar; y creemos que estos mismos realizadores nos procuran situaciones donde la casualidad hace el papel del destino, y el destino nos sirve la entradilla para pronunciar el “quizá es lo que debía de pasar”. Sabemos que nuestra individualidad es un número del todo despreciable en las cuentas del universo. No somos nada en comparación a eso, simple calderilla de la eternidad; y sin embargo nos comportamos como si el peso de cada una de nuestras acciones fuera a inclinar la balanza en uno u otro sentido, como si una elección nuestra, ajena al premeditado escenario donde actuamos, iniciara una reacción determinante sobre nuestro futuro y el de nuestro entorno; incluso pensar que la casualidad puede ser creada. Mientras tanto seguimos promulgando que no somos más que energía desesperada, reciclable y perdida, una pura coincidencia, un puto error de vete a saber qué caprichosos átomos, donde Dios no tiene ni nunca tuvo que ver. Buscamos, buscamos respuestas, buscamos puntos de encuentro, buscamos datos, casualidades, magia, airadamente.

Un hombre, con mentalidad de niño, infantil, pierde a alguien y piensa que esa muerte le anuncia el comienzo de otra vida más adulta que le exime de la temida responsabilidad de ser querido por nadie a cualquier precio, pero entonces ya está jodido, condenado. Y lo está porque ese alguien no volverá nunca; es un capítulo cerrado, corregido, impreso, encuadernado y vendido, sin posibilidad alguna de ser modificado. Así debe ser y así es, porque es la única forma de poder soportarlo, de continuar escribiendo hasta el punto final, cuando quiera que haya de llegar. Sí, lo sé, es una puta mierda sentirse así, pero es mucho mejor que abandonar la libreta donde se apuntan esas ideas que sitúo al nivel de cualquier garabato realizado por el escupitajo de un Miró, un Tàpies o un Chillida y que pocas veces serán compartidas. Sí, es mucho mejor autolesionarse pensando en lo genial que me parece la autofelación y lo bien que huele mis excrementos a dejar que el mundo te pase por encima sin poder ofrecer resistencia. Sí, es mejor aceptar que ese alguien sigue vivo en los escritos que esconderle bajo una retórica incompleta y demasiado novel.

Desde este punto estoy intentando tomar el control de mi vida, de veras. Necesito reordenar mi día a día y doblegarme ante la rutina, porque el sinsentido de los últimos meses, a pesar de construir una forma de status alternativo tan válido como cualquier otro, me está sirviendo de poco. He empezado a disminuir la predisposición a sentirme intoxicado, y a cumplir unos horarios espartanos: dormir de noche en vez de enlazar fellinis con antonionis o bergmans y amanecer en el sofá del salón dispuesto a digerir las primeras noticias del día; comer y cenar sistemáticamente a las mismas horas, comida elaborada por mí mismo, con el margen de preparación que eso requiere; no beber antes de que se ponga el sol; dejar de fumar; hacer ejercicio, es decir, apuntarme al gimnasio y cumplir fielmente el horario que me marque el entrenador; no estar demasiado tiempo delante del portátil, en casa sin nada que hacer mas que dar vueltas y vueltas sobre el todopoderoso Yo en vez de intentar montar y sentarme en el escritorio con el propósito de trabajar. Aunque me vanaglorie de lo alternativo de mi día a día, sé que no es para sentirse excesivamente orgulloso. Algo me dice que de momento debo modular la exigencia de mis expectativas vitales, no esperar recuperar el estatus económico ni el nivel de mando al que solía estar acostumbrado que ya sólo reside en un currículum pocas veces visitado. Quizá por todo esto acepté darle clases particulares de Literatura e Historia a Víctor, a ver si saca la selectividad, y también, por qué no decirlo, porque me gusta la visión de sus pies grandes dentro de esos calcetines, y su pelo rubio encrespado y algo sucio, y la voz grave que sale de esa garganta tan fina y frágil, y el aroma denso e infantil que le acaricia el cuello, y porque soy tan morboso que no puedo quitarme de la cabeza la escena que me explicó sucedida en la cama que se encuentra justo en la habitación donde trabajamos.

Al parecer estoy siguiendo todo lo mejor que puedo las indicaciones de mis preocupados amigos: disciplinarme, relajarme, observar, calma, papel y lápiz. Conozco bien el método, y hasta a veces lo aplico sorprendido por mi fuerza de voluntad, pero lo cierto es que me paso las horas inmóvil, tocándome la oreja, frente al portátil, con la mirada perdida frente al cristal líquido, y cuando me pregunto por qué no se mueve el cursor, qué coño hace parpadeando continuamente sin intención alguna de avanzar, siento cómo se me endurece el gesto y hasta se me acartona la garganta. Porque ahora he llegado a otro nivel vital que contradice todo lo anteriormente teorizado. Porque debo encontrar quién soy y dónde estoy ahora. Porque Madrid… Porque no he vuelto a Canadá… Porque no hay cosa más difícil que encontrar una frase, una palabra, y que esa palabra contenga todo el sentido de lo que tienes en la cabeza, y más adentro, y la dosis correcta de originalidad que no haga precipitar el apunte hacia lo obsoleto. Aunque la verdad, no sé en qué momento decidí no aceptar nada que no contuviera un algo que ocultara mi incipiente ignorancia sobre todo, y también mis nulas dotes como escritor. No sé en qué momento pensé que todo esto pudiera ser relevante. No recuerdo bajo el efecto de qué estupefaciente soñé con el reconocimiento.

Sí, ahora sí.

En los días de verano que pasaba de pequeño junto a mi abuelo, me solía decir que la vida era todo escuchar, esperar y callar, y no se privó de repetírmelo cada vez que me hablaba de la familia y de la dignidad del trabajo, de los negocios que se pierden, esos por los que no luchó y que vio morir uno a uno frente a su rostro impasible, del respeto por quien se te avanza, de lo cristiano del poner la mejilla, de que los últimos serán los primeros, de la felicidad de la sencillez...


La última vez que le vi fue un minuto después que muriera. Le vi a través de la ventana de su habitación, desde la calle, su cadáver estirado sobre la cama, y lo primero que me vino a la cabeza fue esa sentencia, eso que me dejaba como herencia; pero, ¿herencia de qué? Quería descubrir si esa clave era lo único que debía acometer para conseguir la felicidad, y juro que durante demasiados años he intentado cumplir su máxima con el convencimiento casi absoluto de que su contravención me privaría de seguir ese camino que me convertiría al fin en un hombre adulto y responsable, consecuente consigo mismo: en un hombre sin resentimientos. Escuchar, esperar y callar, abuelo. Pues no ha funcionado. No ha funcionado. No he sabido esperar, siempre he ido demasiado rápido, y no sólo no he sabido callar sino que mi insistencia por que hablara también ha acabado conmigo, con lo nuestro. El tiempo nunca me dio la razón, aunque todo lo que escuche mientras calle resbale como una gota por mi mentón y yazca sobre otras confesiones sobre mi piel. Capas y capas de confesiones que me visten, con las que cargo y que recuerdo a la perfección. Pero no sé afrontarlas.


Yo podría ser ese hombre infantil del que hablaba. De hecho creo que lo soy. Por lo demás no soy distinto a cualquier otro: vivo mi vida como una ficción, y ver lo jodidamente necio que puedo llegar a ser es algo que hoy me perturba hasta límites poco aconsejables.
A veces me sorprendo diciéndome a mí mismo que ignoro el origen de mi comportamiento, pero creo ser perfectamente consciente de por qué repito la historia de los que ya no están. Cambian el escenario y los personajes, pero no lo hacen la trama ni el argumento. Y el mensaje es el mismo.
Igual que las novelas que escribimos son relecturas, reinterpretaciones de aquello que ya está escrito, creemos que lo mismo sucede con nuestras vidas; y más nos vale apearnos de este tren si no queremos llevar un cadáver a nuestras espaldas. Así que supongo que eso es lo que debería hacer, volver a girar sobre el mundo, subirme a la ruleta de la fortuna, pensar mi vida como una ficción y vivirla como si lo fuera. Mi miedo no es sino el miedo del hombre, el miedo del escritor, el miedo a la página en blanco, a no dar la talla, a no saber hacerlo mejor que los que nos precedieron. Y vuelta a empezar. Hoy hace un año conocí a mi imposibilidad de amar, y hoy se ha acabado de la misma forma que entonces la mentira de mi vida en pareja. Quizá deba abandonar mi suerte al repetir la historia.

viernes, 13 de febrero de 2009

Aníbal





La felicidad, qué idea tan detestable, se dice. Sí, detesto la felicidad desde que vi cómo un chico era incapaz de fingirla. Ahora recuerdo con nitidez la cara de aquel chico tímido que no bailaba. ¿Por qué no lo hacía?, no lo sé, estaba paralizado entre cientos de ojos nerviosos y no lograba representar el gesto del divertimento. La contemplación de ese rostro fue muy estimulante. Tenía dieciséis años. Era el rostro del vértigo enmascarado y poco a poco se tornaba cada vez más amarillento, como una hoja enferma. Le miraba como si fuera el hígado hinchado de ese ser festivo que agolpaba a tantos jóvenes, o el cuerpo opaco, en agonía sostenida, de quien ha perdido la inercia de sus iguales. Ese chico no era feliz, simplemente era vergonzoso y ello comportaba una amargura de la que nadie más que yo parecía hacerse eco. Estaba plantado en un margen de la pista de baile y, de no ser porque algunos tropezaban con él de vez en cuando, hubiera dudado de su existencia. Nadie lo miraba, nadie le hablaba. Ninguna presencia se alteraba por la presencia de aquel chico. Era como el aire infranqueable que encierra al mimo. Por eso decidí acercarme y preguntarle si bailaría en el caso de ser invisible. El chico lo pensó, miró hacia adelante tratando de imaginar su invisibilidad danzando entre la gente, y luego dijo, tan bajo como si una hormiga musitara, que "no sabía". Pero leí sus labios, y sentí que la apariencia retraída del chico escondía cierto dolor. Encandilado por el sufrimiento del chaval, le cogí de la cintura, me lo acerqué y le apreté contra mi carne. El tímido miraba el suelo y se dejaba manipular como un muñeco. Le susurré, muy cerca del oído, que si yo fuera invisible hubiera preferido pasar toda la noche contemplando a los fantasmas sobre su rostro. Fui sincero, realmente me sentí atraído por la complejidad de la vergüenza, y en ese instante quise besar aquellas facciones tensas que parecían tener alrededor un enjambre de abejas. Sin embargo, no tuve la destreza necesaria para conectar con él y le dejé aún más inmóvil, arrojado a un profundo pozo entre mis brazos, y acabé soltándole y volviendo con mis amigas. El chico pareció desaparecer de soledad en el mismo lugar donde lo había dejado. Nadie lo veía, sólo era un espacio vacío, una jaula sin su pájaro, sí, ya era casi invisible y ello transformaba su tristeza en una tristeza complacida. Mi única respuesta era una ausencia, un sobre de amir sin carta mientras yo bailaba.

lunes, 26 de enero de 2009

Insomnio = realidad/deseo



- Carlos, ¿te estás durmiendo?
- Mmmm.
- ¡Te estás durmiendo! ¡Levanta, que nos tenemos que ir!
- ¿Ir? ¿Dónde?
- ¿No habíamos dicho de ir a esa fiesta?
- Sí, espera un minuto… tu sofá es muy mal consejero, me dice que me quede.
- Vamos, que ahora me apetece.
- El vino te anima. A mi me adormece. Tengo sueño, creo que preferiría quedarme aquí. Estoy muy cansado.

Al oírle decir eso me asalta la tentación de preguntarle de qué coño está cansado, ¿de no haberse movido de mi sofá en toda la noche?, ¿de haber degustado una cena cocinada por mí mientras él empezaba y acababa la botella de vino francés que había reservado para la ocasión?, ¿de haberse pasado el día entero sentado en una silla ante una mesa de mezclas? Podría preguntarle por qué está cansado, pero conozco las respuestas, las conozco tan bien porque también son las mías, las mismas que regalo cuando alguien me pregunta insistentemente si realmente estoy bien, cuando me increpan para que hable, cuando me dicen que tengo mala cara, que estoy muy delgado, que debo comer más, que debo cuidarme, que si estoy bajo de forma, que si necesito una actividad que invada disciplinariamente mi tiempo. Ya sé que hace tiempo que se me ve más delgado, y que quizá no me cuide lo suficiente como para ser la puta estrella rara que todo el mundo desea sentar a su mesa. Lo sé desde hace mucho tiempo. Lo sé desde que acepté que el cansancio es la excusa que encuentra todo aquél que haya empezado a comprender que la distancia que separa la realidad del deseo es del todo insalvable. Y para mi no existe nada que lo apacigüe, ni el sexo, ni el dinero, ni el arte, ni las fiestas; al menos de una forma que me satisfaga medianamente. Conozco esas respuestas porque yo, que puedo presumir de hacer lo que me salga de los huevos siempre que quiero, hace tiempo que no me sale nada, y también estoy cansado, terriblemente exhausto, sí, completamente exhausto. Y eso también podría explicar las semanas de insomnio que tengo. Estoy cansado de no dormir, cansado de recorrer el viaje a la cama sólo como obligación después de haberme roto los riñones sentado en mi sillón rojo, con la máquina de escribir sobre mis piernas, relatando un orden del mundo mucho más interesante que el que ven mis ojos. Todo el puto día exaltado por ese estatus quo inexistente, agitado como los martinis, extasiado como un bakala pastillero, al borde de la paranoia porque la vida, fuera de los márgenes de mi ficción, me resulta insufrible. Es tan descarada, tan imprevisible, se escapa tanto a mi control… Por eso no puedo conciliar el sueño, al menos no de noche. Por eso no puedo parar de escribir, porque mientras esté en ese universo nada me parece azaroso, todo está justificado, hasta el mínimo detalle –elijo dónde se ubica el espejo, qué ropa lleva puesta mi personaje, la voz en off narrando como un dios tragicómico- aunque lo cierto es que esa producción no dura demasiado. Tarde o temprano llega el colapso que me hace gritar que ya es suficiente y me mete en la cama de una patada. Y así llega la mañana, demasiado tarde. Por eso me gusta la compañía de Carlos. Él puede dormir aunque también sienta el mismo cansancio que yo. La diferencia entre los dos es que mientras a mi me afecta lo físico y efímero del mundo, él intenta no prestarle atención y en cuanto regresa de su actividad artística y pone los pies en el suelo, se queda dormido. Mira a su entorno sin justificarlo. Confía en algo, o en alguien, tiene certezas, tiene fe en cualquier cosa, incluso en el Ministerio de Fomento. Tiene fe en mi.

- De acuerdo -le respondo-, nos quedamos, pero más vale que hables porque si no me aburro.
- Me parece bien. Empieza.
- ¿Que empiece yo? ¿Por dónde quieres que empiece?
- No sé, tú mismo. Te dejo libre creación, Capote.
- Vale. Estoy hecho una puta ruina.
- Ja, ja, ja. Eso no es nuevo.
- En parte sí. No hablo sólo de mi, también lo digo por mis cuentas bancarias.
- No sé si es buen momento para hablar de economía, ¿sabes?, me gustaría seguir viviendo en la ignorancia. Mientras no vea cómo me comen mis deudas no sufro, y si sacas el tema tendré remordimientos de conciencia y no podría volver a casa sin revisar mi estado en el cajero automático, y seguro que ese estado no me gusta. Para esta noche prefiero uno razonablemente normal que me permita descansar.
- Pues yo ya he llegado a tener pesadillas. Esta mañana he tenido una horrible.
- No hace falta que me la cuentes, nunca las entenderé, y allí donde tú sacas cierto mensaje yo sólo saco que estás como una chota.
- Sí, ya -respondo con cierta resignación-. La verdad es que es un verdadero alivio estar despierto en este estudio.
- Anda, vamos a tomarnos una copa.



Sí, la verdad es que es mucho mejor estar despierto aquí, aunque no es del todo cierto. Empiezo a tener problemas sin haber siquiera empezado a montar esa habitación vestidor. El día en que me dieron las llaves de la casa recuerdo que me sentí el hombre más afortunado del planeta, y aún así me costó todo un mes trasladarme y acostumbrarme a estas paredes. Todo era perfecto, al menos para los demás, pero en cuanto a mi creo que tuvo que haber algún momento de despiste en el que perdí el camino que me conducía al reino de la felicidad. Seguramente no seguí las indicaciones correctas. Resulta extraño porque la casa es sencillamente de ensueño, ideal parejas como publicitaban, o en mi caso, ideal para un joven soltero; el escenario perfecto para empezar de nuevo, para reconstruir los restos del castillo derruido tras el fuerte azote de la naturaleza, para reunir a mis amigos y montar fiestas a la luz de la luna, una luna que ahora me pertenecía enteramente, tierra perfecta donde caminar descalzo sintiendo centímetro a centímetro lo que tenía; también es el escenario ideal para conocer a gente nueva, y perderme en el placer de mis sesiones amatorias dentro de un espacio que ya calificaron como de profesional. Aquí no hay una sola visión de la casa que no sea enteramente mía, que no dé ejemplo de mi personalidad, y yo orgulloso la exhibo igual que actúo respecto a mi interior. Sí, esta casa es una buena carta de presentación. Finca regia de principios de siglo, toda reformada. Mantiene las antiguas placas del suministro de agua, y las interminables escaleras de mármol con columnas jónicas iluminadas por la claraboya de mi terraza. Estilo neoclásico que contrasta con un interior art déco hecho a medida. Arquitectura de un alma que supuestamente debería ser recompuesta poco a poco, en silencio, sin que me diera siquiera cuenta… Y lo mejor de todo es su precio, pero gracias a esto, sumado a otras malas gestiones, a día de hoy tengo mis cuentas de banco en números rojos, aunque no soy del todo consciente a cuánto asciende la cantidad total. De momento nada con qué cubrirlos, excepto las promesas de siempre y el “vuelva usted mañana”. Seguramente para ese mañana ya me encuentre en la indigencia total y absoluta. Aunque podría ir peor si mis deudores deciden crujirme antes de tiempo, esto es cualquier día de entre estos y la primera semana de abril, que sería cuando empezaría a cobrar mis honorarios. Echando la vista atrás me sorprendo calculando la cantidad de dinero que he tenido y he gastado: el dinero de los superávits, sueldos, beneficios en b de la fundación que lleva mi nombre, honorarios, venta de propiedades… me lo he pulido todo, hasta el último céntimo, y sinceramente no sé muy bien en qué. Cuando llegue abril me dedicaré a tapar agujeros y repartir lo poco que sobre. ¿Y después? Supongo que a seguir pagando. Mi vida puede convertirse en algo muy divertido desde esa fecha. De hecho yo ya me mondo de risa. Sí, me parto al saber que mi ruina no es sólo económica; está claro que también es espiritual, emocional… pero ahora creo que se empieza a presentar con comportamientos cuya explicación sólo podré encontrar bajo parámetros extrasensoriales, y es que mi ruina ya no es de este mundo, definitivamente. De noche hablo el lenguaje de las pesadillas, honro mi nombre. Heredé la leyenda de mi abuelo con toda naturalidad, aquélla de la que yo intentaba huir, y una mañana desperté ahogado en una ciénaga de amor propio, sin una gota de líquido sinovial en las articulaciones y las mejillas arrasadas por el miedo, con el maquillaje de la desconfianza y la paranoia uniformemente extendido en cada pliegue del sueño: jodido sin remisión. Ya no soy divertido, no soy en absoluto interesante. Sufro ataques de pánico, tengo terrores nocturnos. Sé hablar en su lenguaje, me comunico a la perfección con mis pesadillas. Ellas dicen mi nombre, pero ya no lo recuerdo; y yo sigo honrándome, derrochando egolatría allá donde el silencio conquistó mi boca y se apropió de mi, y por extensión, de mi vida en pareja. Sí, aquí está mi ruina.

viernes, 9 de enero de 2009

Mis oídos en 8

20- Hercules and Love AffairHercules and Love Affair

19- Empire Of The SunWalking On A Dream

18- The Cure – 4:13

17- James – Hey Ma

16- NajwaJeanTill It Breaks

15- MadonnaHard Candy

Vale, no es ni de lejos su mejor disco, y bueno, esta vez ha seguido la ola dejada por Kylie y la Spears entre otras utilizando los productores de moda en vez de dirigirla ella, pero a pesar de lo calculado de sus beats y los coros raperos, lo incluyo por la sorpresa que me supuso aceptarme no tan exigente y encontrar en las menos comerciales la esencia que buscaba y pensé inexistente.

14 - Pastora – Circuitos de Lujo

Una producción de lujo (Moby, Patti Smith, Dinosaur Jr.), quizá la más reseñable de este 2008 y que se aprecia en el sonido más enérgico, casi tocado en directo, que hace desaparecer el pop electrónico de ordenador por un sonido más orgánico, musculoso, que nos regala tanto melodías pop, acústicos y pistas de baile. Canciones que hablan de lo rutinario de la vida, de lo enigmático de la misma, de la nostalgia a lo desaparecido y de las ilusiones a lo imprevisto… letras que han hablado de mi y yo he hablado con ellas.

13- Lou ReedBerlin: Live at St. Ann’s Warehouse

Treinta y cinco años desde la aparición en 1973 de esta obra maestra, Lou Reed nos regala ahora un directo grabado en el año 2006 en Nueva York que le encaminó en una gira mundial presentando por primera vez la composición Art Rock al completo. Un Reed en solitario nos transmite con una fuerza casi mágica la historia lineal de una pareja de jóvenes abrumados por la drogadicción en un Berlín ya desconocido donde la narrativa elaborada, la claridad de los instrumentos, la fuerza de sus licencias guitarreras y la magnificencia de la orquestación nos eleva en una espiral arquitectónica-musical en todas las etapas vitales, desde la depresión hasta la redención. Nunca un disco fue un ciclo tan perfecto, una máquina tan elaborada y completa. Su directo no puede ser menos: no deja indiferente.

12- Daft PunkAlive 2007

Otro directo sino bien EL directo, o cómo un repertorio de más de diez años sigue vivo y se crece ante una masa dispuesta a bailarlo. La clave: el tratamiento que hacen de sus hits, de todos sus hits, enlazados perfectamente, reagrupados de forma sorprendente y otorgándoles nuevos registros confirmando el talento de estos franceses creando el mejor de los espectáculos musicales sin necesidad de ver a los músicos contonearse sobre el escenario. Ambientan un clímax donde el protagonista es tu propia sensación, metiéndose al público en el bolsillo y elevándolo sobre la pista de baile de principio a fin hasta sentir que esa pirámide de luces es tu único Dios y creencia. El resultado es tan bueno que incluso los temas menos brillantes mejoran en su apreciación gracias al contexto.

11- ColdplayViva la Vida!

Era ridículo no incluirlos en mi ranking cuando marcan la tendencia actual que toma la música británica y les ha situado como punteros ante la aparición de nuevas bandas. Un álbum desigual pero no por ello mediocre. Sorprendente tratamiento de las canciones, probando varios tempos y estilos en una misma pista y ofreciéndonos hits que ya han pasado a la historia de la radio fórmula, muy a pesar mío. Deliciosas melodías en acústico y emotivas en directo. Quizá no estemos tan lejos de unos nuevos U2, salvando las distancias, que no son pocas.

10- Sigur Rós - Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust



Un disco radicalmente distinto a Takk, pero que mantiene toda la riqueza instrumental de la banda, su esencia experimental y esa indefinición a la islandesa que hace de Sigur Rós una de las bandas experimentales más importantes de la época. Se abre a sonidos pop así como amplía su abanico de seguidores con la consiguiente pérdida de lo íntimo de sus melodías, sobre todo si son escuchadas en grandes festivales. Incluyendo su primera canción cantada en inglés. Sigur Rós ya es un estilo en sí mismo, pero por sus pasos agigantados hacia el mainstream y el hecho inaudito que la banda se haya crecido con una grabación inferior a las anteriores, no merecen estar más arriba en este top ten.

9- BeckModern Guilt



Beck ya es sinónimo de calidad suprema, y más si vuelve a experimentar con el pop al que nos tiene acostumbrados, actualizándolo en cada trabajo y poniéndose a tono con el 2008, y siempre un paso delante de todo lo demás. Un disco que pasa desapercibido pero que no decepciona ni a los seguidores del maestro ni a los ajenos a su arte. Pura exquisitez.

8- Cut CopyIn Ghost Colours



Si cogemos una banda de rock independiente, la teletransportamos a los ochenta y le añadimos los teclados y beats electrónicos, y en la sala de grabación mezclamos todas las canciones como si de una sesión de Dj se tratase obtenemos este disco: electropop del siglo XXI, accesible y directo a prueba de cualquier evento festivo. Claro que su calidad no reside sólo en la genialidad de sus temas sino en el hecho de haber realizado un álbum redondo de principio a fin sin caer en la revisión facilona o en la copia innecesaria al visitar épocas pasadas. Temas nuevos que todo el mundo ha deseado bailar y ha creído escuchar aun sin saber de su existencia mas que en su imaginario colectivo pero que, una vez descubiertos, sorprende el que no hubieran nacido antes. Éxito asegurado.

7- Hot Chip – Made In The Dark



Si tuviera que definirles, la palabra más adecuada sería divertidamente eclécticos. Puedes escoger entre una balada ingeniosa y una canción de baile de bajos potentes, y aun así no perder nunca un sentido de estilo homogéneo. Canciones encajadas como un bucle en nuestros oídos, repeticiones para cualquier espíritu introspectivo, el caos más absoluto, el pop más bailable y amplio o la psicodelia más cruda. Disco con temas fáciles y accesibles pero que puede atragantarse por la diversidad de sus movimientos, la crudeza de sus sonidos y lo inaudito de sus formas, aunque una vez te atrapa su paleta de colores y su modo tan personal y bizarro es imposible escapar; ya nunca se escuchará tu música preferida de la misma forma.

6- The KillersDay & Age



Algo que tengo que decir en contra de dicho disco es que me enteré por los cuarenta principales y por los tonos de móviles al 5555 que The Killers tenía nuevo single. Supongo que tras las colaboraciones con artistas de primer orden en el mainstream internacional, la edición de un álbum dedicado únicamente a sus fans o la grabación de éste último al más puro estilo Beatles dejando clara la ya vieja amenaza de la cultura musical americana sobre la imperial británica extrapolable al resto del mundo, esperaba poder encontrarme con algo fácilmente masticable e inferior en calidad a sus dos álbumes anteriores. Primer error ya que si hay algo que tiene este álbum es su difícil digestión. Sin perder nunca de vista un estilo ya asentado de pop elegante, instrumental y bailable, avanzando hacia los toques electrónicos que ya se apreciaban en sus últimos hits, se atreven a experimentar con la percusión, los instrumentos de viento incluso con otros ritmos como la revisión de un R&B para una balada. La discusión está asegurada, y el arte sin crítica adversa nunca ha sido concebido. Sólo hay que esperar un par de años para saber si lo que nos ofrece Brandon es digno de elevarlo al estatus de genialidad pop o desterrarlo al olvido como algo fugaz que nunca debió pasar. Por lo pronto los fans están algo despistados a la hora de dar opinión, lo que por otra parte, me reconforta, aun agotando en pocas horas las entradas para verles en concierto.

5- Oasis – Dig Out Your Soul



¿Hay vida más allá del Wonderwall? Parece que sí. Los Gallagher, después de diez años de desastres encadenados parece que han descubierto las tiendas de música, pero sobre todo las posibilidades que tiene una guitarra cuando se enchufa a un amplificador, unos pedales y una caja de ritmos. Ellos que fueron quienes marcaron la música pop de los noventa y ofrecieron tantos himnos a corear en masa como estadios mundiales a llenar, han reaccionado al daño que les han hecho sus dos primeros discos en su mediocre carrera posterior y nos inyectan, por fin, un chute de adrenalina que me hace volver a creer en la fuerza de la música cuando viene acompañada de las ganas de unos artistas a marcar diferencias en vez de vivir de fórmulas ya pasadas. No digo que se nos abran nuevos y buenos tiempos, pero el disco es un reencuentro con la música de calidad de los noventa tan añorada. Lástima que estemos en el 2009.

4- DeerhunterMicrocastle/Weird Era Cont.



Tengo que reconocer que no hice mucho caso a la recomendación que me hicieron de varias de sus canciones, no encontrado en ellas mas allá que una belleza tranquila aplicable a cualquier otro grupo de rock acústico e intimista que ya exisitera; pero cuando ya es más de una persona quien te lo recomienda quizá sea el momento de hacer una escucha general a todo el trabajo, y es entonces cuando me he encontrado con su grandeza, su contundente sensatez y su riesgo. Pocas veces la música puede aparecer, en estos tiempos, de la forma tan artesanal, tan casera y tan cuidada como aparece en este disco. El “hazlo tu mismo” vuelve a tener sentido, pero lo que eleva este trabajo a la cuarta posición de mi ranking es lo contagioso del mismo a cada escucha, cómo crece, cómo forma parte de ti y cómo acaba enamorándote. Siempre soñé vivir en los setenta y poder experimentar la frescura que trajo la Velvet, y cómo ellos iniciaron toda una revolución que es la música que me amamantó y de la que ahora me alimento. Deerhunter quizá no quiera revelarse contra nada, ni pueda vivir con ellos ninguna revolución musical, de hecho no es nada novedoso, pero me llenan en el hecho de que, en estos años pasados, nadie haya podido editar un disco y su bonus cd con tanta calidad musical sin perder nunca de vista el origen de todo esto: la música como expresión, como diversión y como actividad humana.

3- PortisheadThird



Ya hace mucho de Dummy (1994) y del nacimiento y muerte del trip-hop como fenómeno musical. Después de tantos años de silencio no sabía el por qué de la reaparición de Portishead y la entonación de Beth Gibbons en su peculiar modo de cantar. Recuperar esa época habría sido absurdo, y la comparación con aquélla tras una década de inactividad hubiera sido injusto. Así que decidí escucharlo como si de un nuevo grupo se tratase y enmarcarlo en la actualidad musical, y eso fue lo que me encontré: un nuevo grupo que vuelve a marcar un antes y un después en la música con su trabajo. Third se comprende en si mismo en cuanto a si mismo. No hay patrón ni hay pasado, sólo futuro, quizá algo oscuro. No son canciones al estilo, no hay estribillos para no caer en lo pegadizo. Las canciones tienen su propia fuerza, su propia inercia que, como si de una bola de nieve se tratase, va creciendo por si misma arrasando todo lo conocido pero partiendo de un imaginario conocido, aunque sólo sea por la frágil voz apunto de romperse de la vocalista. Un trabajo a gusto de cualquier opinión, posible mirarlo desde cualquier perspectiva y posible experimentar su rechazo, pero supongo que cuando algo toca tan hondo y se muestra tan extraño todos nos mostramos con miedo, un miedo de no haber querido nunca escucharlo por si defraudaba, un miedo a que su hermetismo y su eclosión de emociones nos abrume tanto que llegue a resultar hasta incómodo. Yo he perdido ese miedo. Estamos ante una nueva era todavía por catalogar.

2- Radiohead – In Rainbows



Cuando lo escuché por primera vez escribí lo siguiente:

"Se tomaron un largo descanso, quizá necesario. Cuando parecía que ya estaba todo dicho aparecen, y vuelven, como siempre, sorprendiendo, quizá no tanto en el contenido pero sí en la forma.
Estoy hablando de Radiohead y su nuevo disco -por llamarlo de alguna manera- In Rainbows. Lo físico pasa a ser objeto de coleccionista, casi exclusivamente para coleccionistas y fieles. En la descarga se prima la canción en sí y la canción digital, sin precio ni sello discográfico que lo marque y esta idea de distribución en si también marca el fondo del largo... cualquier concepción de disco queda ya aquí y ahora eliminada. No nos encontramos ante un disco perfecto, cerrado, coherente. Son canciones, simples canciones, grandes canciones, unas ya vienen de la etapa Ok Computer, otras dicen ser plagios. Con todo veo muy difícil la definición del conjunto, tanto que lo facilón sería compararlo con un largo de Pink Floyd, pero en absoluto es así. Nos prestan diez de las dieciocho que hay en total, canciones dispares, unas llenas de beats, otras donde prima la percusión por encima de una melodía escondida, las hay rockeras, las hay acústicas con aires progresivos... pero ante todas destaca la emocionante y ensoñadora voz de Thom Yorke y cómo puedes pasar de de un ambiente urbano y caóticamente bello a unos paisajes fílmicos donde el rasgar de las guitarras parece acariciar y erizar tu nuca.Aun así, sigue siendo un sonido Radiohead: reconocible pero nuevo, magnificiente pero lleno de detalles precisos, sorprendente pero posiblemente odiado.
Lo único que puedo decir es que a mi me hace levitar."

Ahora podría escribir lo mismo, pero el que lo sitúe en segunda posición y no en primera es debido a la actitud del mismo, al frío concierto que brindaron en su gira, a su ejecución perfecta pero su falta de emoción y conexión. En este caso Radiohead creo que sólo es ya un estudio, y en su caso, renegar de su pasado es una falta de ética y un exceso de megalomanía que respeto pero no comparto.

1- Death Cab For Cutie – Narrow Stairs



Ben Gibbard puede formar Postal Service, y hacer cinco discos con Death Cab..., y lanzar sin pausa singles, iTunes, grabaciones y demás; y promocionar su sexto disco con una canción de más de ocho minutos que tiene una introducción de piano y línea de bajo repetitiva y martilleante que atenta contra cualquier manual de marketing, y aun así seguir vendiendo y convertirse en la banda más influyente y prometedora del escenario indie. Su habilidad para la creación de atmósferas, la sensibilidad melancólica incluso en los temas más rockeros, su talento melódico y el amplio espectro de ideas cinemáticas que sugieren los temas sin caer nunca en el aburrimiento es una de sus bazas. Un disco en el que ninguna canción despunta, ninguna desentona. Consecuente en si mismo, entero, seguramente el único con esta característica en todo el año, sentido, abierto a la proyección de las propias emociones del oyente, te hace bailar, te hace llorar, genialmente ejecutado, producido meticulosamente… simplemente perfecto.

BONUS (por afinidad sentimental)

Klaus & Kinski - Tu Hoguera Está Ardiendo

Les Très Bien Ensemble - Rougeole

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Ola Kala



Eran las 11 de la mañana y estaba en la única cafetería de la estación donde se podía fumar. Habían anunciado un retraso de media hora del tren que debía coger, con lo que no dudé en acabarme tranquilamente el paquete de tabaco que guardaba en la chaqueta mientras engullía un combinado que anunciaban como desayuno continental. Sólo pensaba en escapar, otra vez, con la certeza de que, como otras tantas veces que intenté huir de mi mismo y de mi entorno diario, resultaría ser otra suma de días de actividades constantes sin haber tenido ni un minuto dedicado a mi, o a él, o a los dos. Estaba seguro de ello, porque además esta vez no iba a estar solo. De hecho ni siquiera sabía dónde iba a estar, pero eso ni me inquietaba ni me ilusionaba. Buscar una promesa de algo, un compañero antagónico y complementario pensando en reencontrar un yo real ha dejado de interesarme. Quizá por la imposibilidad de vuelta atrás, quizá porque ese yo ya no existe, quizá porque sólo me ilusioné una vez y esa ilusión no vuelve más, como cuando se prende la mecha de un cohete y explota en tu cenital. Por eso debía aprovechar esas siete horas de viaje. La crisis económica y mi retirada de carnet no sólo hacía que tuviera que controlar mi estatus de vida y probar suerte en tercera clase, sino también que sucumbiera mi tiempo en realizar algo que, por mi mismo o por mis medios anteriores, hubiera supuesto menos de un tercio de ese intervalo. Siete horas sin nada más que hacer, sólo estar sentado y dejarse llevar. Tiempo suficiente para encontrarme, reinstaurarme y llegar a mi destino con cara fresca y ganas de comerme el mundo. Y quizá también poder acabar ese guión que se me enquista cuando la trama requiere una simple resolución dialéctica.
Fue entonces cuando me llamó. La megafonía de la sala anunciando la llegada de un cercanías eclipsó nuestra conversación. Su silencio denotaba tristeza y preocupación.

– He soñado contigo -dijo, con voz temblorosa.

Entonces quien se preocupó fui yo. Hay que temer su reconocido don de opinar sobre cosas que no sabe y acertar, y lo que es peor, predecir o soñar algo con la desfachatez que la realidad se aproxime insensata a su visión. Ella es un atentado contra la razón, y yo sin ella no tengo de eso.

– He soñado que algo te pasaba en ese tren, y que te robaban. Creí que finalmente no harías el viaje, porque ayer por la noche me dijiste que no tenías los billetes, y estaba tranquila pensando en que no se cumpliría mi sueño porque no te ibas.
– Sí, lo decidí esta madrugada y compré el billete en ese momento. Por eso no pude decirte nada. Pensaba llamarte luego.

Intenté tranquilizarla sabiendo que es imposible hacerlo, y sabiendo también que detecta el engaño. Pero ella ya había conseguido inyectarme la psicosis de la catástrofe hasta en la médula.



Con su voz todavía resonando en mi tímpano recorrí torpemente el pasillo del vagón, arrastrando una maleta con dificultad. d10ez, nue9e, 8cho, sie7e... uno, número que se correspondía con mi trono de vanidad. Al buscar la letra junto al número que aparecía en mi billete me alegré al comprobar que me había tocado ventanilla, pero esas vistas sólo me pertenecían sobre el papel: ya habían ocupado mi sitio. Dos hombres de aspecto desaliñado dormitaban ajenos a la usurpación de esa propiedad efímera. La imagen de ambos me hizo entender que habrían estado vagando por las calles sin nada que echarse a la boca en días. Deseaba que se hubieran equivocado de vagón, o que yo fuera quien hubiese cometido ese error. El sueño de ella todavía me inquietaba y vi allí el que podría ser el origen de mis problemas. Me paré junto a ellos y nos miramos. Les saludé y les pregunté si habían mirado bien sus billetes ya que estaban sentados en la cámara de torturas que la web me había asignado. No tuve respuesta. Me miraban como quien afronta ante un juez el reconocimiento de un delito. Uno de ellos me entregó su cartera. Al abrirla encontré su identidad griega junto a dos billetes, con asientos en la primera fila de ese vagón, pero era el abecedario latino el que fallaba. Para evitar una conversación de besugos decidí ocupar el asiento B que le correspondía a uno de ellos, ya que en el de ventanilla habitaba una señora de aproximadamente unos setenta años. Acomodando mi equipaje, la señora me indicó que había intentado hablar con ellos, pero como no les entendía llamó al revisor, que también ignoraba su lenguaje, con lo que decidió disponer a la señora en ese rincón. Le mostraba la mejor de mis sonrisas, escuchándola atentamente, mientras intentaba acostumbrarme al asiento, perturbado por la presencia de esos dos hombres a sólo un metro de mi. Una vez a su lado continuó con su monólogo sobre las políticas de inmigración en España y lo cambiado que está su pueblo en la actualidad debido a la cantidad de moros que ocupaban los bancos de las plazas donde hacía décadas se dejaba besar por su novio, en la mejilla y con permiso de Dios. Yo quizá no soy muy ducho en la comunicación humana, o puede que hasta limite dicha comunicación con mi estúpida y aleatoria selección elitista sobre quién puede y quién no puede hablarme sobre diversos temas, pero como no podía hacer como Woody Allen en Annie Hall y que apareciera el ministro Rubalcaba detrás de la puerta del lavabo para que esta señora le balbucee sus opiniones y éste le recuerde cuando su Manolo trabajó tres años de transportista en Suiza, saqué un libro, me puse los cascos e intenté aislarme de mis compañeros de fila. Empresa inútil; al abrir el libro una mano agarró mi muñeca. Recorrí con la mirada el brazo que osó irrumpir en mi espacio vital hasta ponerle cara, la cara sonriente de uno de los dos griegos. Su aspecto rudo, con manos grandes, fuertes y torpes, la cicatriz que recorría y potenciaba su mentón, la cabeza rapada y sus pronunciadas entradas que vislumbraban el paso de un poderoso vaso sanguíneo que se perdía en la cima de su despoblado cráneo, contrastaba con una sonrisa perfecta y una mirada entre pícara y amable, limpia y juvenil. Mientras le observaba intentó expresar en castellano, sin mucho éxito, gratitud por no haberles molestado con el cambio de butaca, alternando palabras en inglés para que yo le comprendiera mejor. Fue entonces cuando busqué en mi archivo de palabras perdidas aquellas anglosajonas que hacía años no sacaba. Me preguntó si era francés por mi acento -me lo han dicho ya tantas veces que me gustaría ser británico para saber cómo es mi acento francés hablando inglés-. No quise alargar demasiado la conversación y se lo hice notar cuando, al acto en que apareció el primer silencio, pulsé el play de mi iPod y retomé mi lectura. Nuevamente su enorme mano acarició mi hombro. Cuando me giré sacó del bolsillo interno de su chaqueta una botellita de Jack Daniel’s y me invitó a un trago. Aun tentado por la idea de beber wisky en un viaje en tren acompañado por dos desconocidos, supe que no quería entablar ningún tipo de relación en ese instante, en ese viaje donde debía centrarme única y exclusivamente en mi y en la llegada a mi principio. Y todavía menos siendo ellos los desconocidos. Así que no acepté alegando que quería escribir y que no solía beber antes de comer. Me preguntó si me apetecía beber cualquier otra cosa, y para frenar su insistencia le pedí un zumo, con la idea que tardaría al menos una media hora en volver debido a la cantidad de viajeros que utilizan el servicio bar. Pensé que así tendría tiempo suficiente como para intentar relajarme dentro de este ambiente ajeno que me incomodaba, pero no había sonado la segunda canción cuando apareció en el vagón con las manos metidas en su chaqueta. Se sentó y sacó un refresco y mi zumo, en botella de vidrio, sin abrir. Ni le pregunté ni me importó el hecho que pudiera haberlas robado. La abrió con la parte trasera de su encendedor, brindamos y le agradecí el gesto. La escena incitó mi curiosidad sobre este personaje, quizá para auto otorgarme seguridad y tranquilidad, así que esta vez inicié yo la conversación, trivial donde las haya, pero ¿cuál si no?

- Where do you go?
- To Muriskia
- Muriskia? Oh, Murcia!
- There is too many hours to...?
- About 8 hours

Su cara de estupefacción y la inocencia de su mirada hizo que riera a carcajada limpia, a lo que la señora que tenía al lado respondió con un gesto de desaprobación acreditado por un extraño sonido gutural. Él se inclinó hacia mí, y en voz baja me dijo que al menos así tendríamos tiempo para beber hasta emborracharnos, disfrutar del día, y dormir al llegar al hotel. Miré alrededor y pasé mi mano sobre la frente rascando algún pensamiento contundente que pudiera librarme de esas copas, o al menos de su impertinente insistencia a conversar. Él debió darse cuenta de mi intención de evasiva, así que cuando me disponía a hablar me hizo callar y sentenció que las fiestas había que vivirlas mientras ilumina el sol, y no la luz de la noche, y que es necesario descansar cuando hay oscuridad para, a la mañana siguiente, volver a vivir el mayor show en la historia de la humanidad que es nuestra propia vida. Sólo pude responderle con una sonrisa de aprobación, bajo la cual escondía cierta sorpresa por la elocuencia de su comentario y la sosegada forma en que gesticuló y pronunció cada palabra de esta máxima.

- Do you believe in God? -me preguntó– You’ve devotion or faith to any religión mayoritaria? ¿Rindes tus rodillas ante algún dios, o santo?... -y esperó la respuesta sonriendo, quizá consciente de lo inaudito de una pregunta así en una conversación que, de normal, estaría más cercana al silencio o a la predicción meteorológica que a la razón teológica-.
- No, no sigo ninguna religión, aunque supongo que es necesario creer en la existencia de algo superior- respondí con dificultad, aun con ganas de debatir sobre el por qué de las religiones.
- Ningún dios tiene que ver con nada de esto. Todos nuestros actos son físicos, tenemos impulsos y los ejecutamos. ¿Cómo controlar eso que nos es natural como humanos que somos, como animales? ¿Crees en un ser superior y que una parte de nosotros es espiritual? El espíritu humano es quien debe dosificar la bondad y el respaldo que Dios nos niega, y sin pedir nada a cambio. Todos somos iguales y todos deberíamos disfrutar de la vida el tiempo en el que estemos en ella, y ayudar a los demás a que la vivan así, sin temor hacia la venida de otro mundo o la vida eterna. Esta es nuestra vida. Lo eterno también depende de nosotros- sonrió, abrió el refresco y lo vertió en un vaso junto con los restos de wisky que quedaban en la botella. En ese momento no me habría negado a esa copa, y mentalmente contaba las horas que faltaban para llegar a la estación de trasbordo donde podría saciarme del humo que ansiaba en ese momento.
Es mucho mejor –prosiguió- pensar en que nuestra función se representa en un universo hecho de carne y hueso. Nosotros somos poderosos, podemos cambiar y hacer cualquier cosa que nos propongamos. Creamos en nosotros mismos, ¿no te parece?, y no en seguir el orden que nos lleva a absurdas crisis y guerras religiosas por la defensa de unas almas que no existen.

Dirigí la mirada hacia la nuca de la persona que tenía delante, estrujando entre mis manos el vidrio que todavía contenía algunos restos del jugo de melocotón y que acabó en el borde de mis labios. La señora que tenía al lado me miraba atentamente hasta que no pudo resistirse a pronunciar una arenga para el repliegue de tropas:

- Nene, ¿te está molestando? No le hagas caso ni aceptes nada de lo que te ofrezca. Si quieres yo tengo zumos, y he cogido comida de sobra por si te apetece comer algo. Además, ya va borracho y está gritando muy fuerte. Seguro que le van a llamar la atención.
- No se preocupe señora, no está diciendo nada malo. Sólo habla alto porque es la forma de hablar que tienen los griegos. -Sonreí y se me ocurrió una gracia que acabé pensando en voz alta- ¿Sabe los disturbios que están habiendo en Atenas? Es que esa es la forma que tienen de relacionarse con la gente, simples juegos amistosos, je je.
- ¿Disturbios? ¿Dónde? ¿Es que es de ETA o un Bin Laden de esos? Son todos unos judíos, no te ajuntes con ellos, quédate aquí y no le hagas caso nene, hazme caso, tú pareces buen chico y seguro que te va a robar o algo peor.
- What she said?
- Que gritas mucho -le respondí manteniendo la sonrisa-. Le he dicho que lo entendiera porque eras uno de los jóvenes de la revuelta de Atenas.
- Ah, ¿conoces la revolución?
- Sí, aunque no la he seguido muy de cerca. Muchos dicen que puede ser el nuevo mayo del 68, pero creo que de momento no está contagiando a muchos países, es algo muy local, aunque tampoco conozco mucho la historia.
- ¿En España hay comunismo?
- Sí, pero prácticamente no tiene representación política, son pocos los que se posicionan como comunistas, la mayoría jóvenes, pero aquí se están centrando más en Bolonia que en los hechos de Atenas. Siempre son estudiantes universitarios los que encabezan las protestas y la mayoría al salir de la universidad también abandonan la ideología; no hay mucho apoyo entre los representantes políticos. En general España es un país donde hay muy poca conciencia ideológica.
- ¡Es una pena! En Grecia hay muchos movimientos de izquierda, de extrema izquierda, y también de derechas. Cuando eres joven no vives ajeno a ningún tipo de ideología, siempre hay problemas con los nazis, por eso yo me hice esto a los 16 años -y abriéndose el cuello de la sudadera me mostró una A dentro de un círculO que tenía tatuado en su pecho izquierdo.
- ¡Eres anarquista! -le dije sorprendido-.
- Sí, y he recibido muchos golpes por ello. Generalmente no me llevo bien con la policía, pero aun peor con los jóvenes de extrema derecha. Siempre estoy metido en algún lío aunque no quiera, pero si nosotros no protestamos, ¿quién lo va a hacer? Nuestro gobierno es muy fascista, está lleno de corrupción y no nos da soluciones a los jóvenes. Hay que pararle los pies como sea, y el resto del mundo parece que no sabe ni dónde está Grecia. De él depende nuestro caminar en el mundo, y no pienso consentir que limiten lo que podemos llegar a ser. ¿No sientes que pasa lo mismo aquí?
- Sí, sí que pasa –dije-, pero aquí se percibe un ambiente bastante más adormecido, más acomodado. Por una parte no hay extremos visibles, no en los media, y los jóvenes también tenemos muy malas perspectivas, pero de momento no ha pasado nada trágico como para que nadie se revele contra nadie, y menos contra este gobierno que se erigió como alternativa a la política anterior y a la de Bush.
- Si, ya. Oye… Cristobal Colón era español, ¿no?
- Genovés, dicen, aunque no se sabe bien.
- Menos mal, porque ya te iba a echar la culpa de todo.
- ¿De todo? ¿Qué es todo? ¿Por qué?
- Porque por la curiosidad de ese hijo de puta hemos tenido que aguantar a los cabrones americanos. ¡Por su puta curiosidad! Él tenía que descubrir otra ruta, ¿no?, y mira cómo lo que tenemos que pagar ahora.
- Ya veo. De todas formas, tarde o temprano seguro que hubieran sido ellos quienes hubieran venido a descubrirnos y a conquistarnos.
- Ya nos han conquistado, somos una puta colonia americana, pero nosotros, los griegos, les hemos dado el acuerdo, el bienestar, la tranquilidad…
- ¿Hablas de las primeras civilizaciones?
- No, de una palabra: Ola Kala.
- ¿Ola Kala?
- Sí, Ola Kala, de ahí sale O.K. Es una palabra griega, pero nadie lo sabe.
- Ola Kala... pues no, no lo sabía. ¿Y significa eso? “¿De acuerdo?”
- Significa algo más. Cuando todo va bien, cuando no hay ningún problema, cuando se disfruta de la vida sin ningún tipo de barrera decimos eso.
- Ola Kala…

Mi compañera de viaje sacó del bolso un tronco envuelto en papel brillante que bien podría ser una caña de lomo. Miré la hora en el teléfono y pensé que quizá sería buena idea visitar el vagón bar.

- ¿Te apetece comer algo? Voy a acercarme al bar.
- No tengo mucha hambre, pero quizá mi hermano sí quiera comer. ¡Vamos!, así me pido otra copa.

Despertó al que ya sabía como su hermano. Se pusieron de pié y avanzaron por el vagón mientras yo acababa de guardar todo mi arsenal de cultura rápida en la mochila. Llegamos a la barra y nos sentamos en los taburetes. Me presentó como su gran amigo mientras rodeaba mi cuello con su brazo derecho. Fue entonces cuando percibí su esencia. Para mí, de entre los cinco sentidos, el olor es quizá al que le doy más importancia. Es de los que no pueden engañar, y los que te producen el recuerdo más intenso. Puedes ver fotos, oír voces, incluso tocar pieles, pero nada comparable al desolado paisaje mental que puede reproducir un perfume, la regresión aplastante en torno a tus recuerdos y el vívido desfile sobre tu dolor. El suyo era especialmente fuerte. De hecho me recordaba a uno ya frecuentado en mi adolescencia pero no de una persona, más bien de un lugar… si, era el del Citroën AX de mi tío, olor que me acompañaba en los veranos, con el que perdí la inocencia, el que transportaba mi imaginación; esencia que mezclaba una tapicería quemada por el sol, macerada en barriles de petróleo reseco y endurecido, sustentado sobre prensa amarilla y arena mezclada con partículas de pirita, plomo y cinc ocultada por un ambientador barato. Me di cuenta que no conocía el nombre de esa esencia, así que después de pedir un mixto y una botella de vino para compartir nos presentamos formalmente.

- ¿Cómo te llamas? –pregunté-.
- Ruslan.
- ¿Ruslan?¿Tal cual suena?.
- Sí, Ruslan, eRre-U-eSe-eLe-A-eNe. ¿Y tu?
- Vincent… Ruslan –murmullé- Ruslan me suena a nombre de país.
- Sí, mi país se llama así. De momento sólo existe en mi cabeza, pero quizá mis nietos, o los hijos de mis nietos puedan vivir en él.

Desde luego su nombre bien podría ser el nombre de un país, el nombre de un estado no legal, no soberano, no constituido en gobierno o administración, pero tan válido como cualquier otra entidad con cultura e historia propia. Me presentó a su hermano, el protagonista real de este viaje aunque yo ese hecho por entonces lo desconocía. Vivía en Creta y era arquitecto, divorciado y sin hijos, sensiblemente mayor que él y totalmente opuesto en todos los sentidos. Vestía con una chaqueta verde oscuro, camisa, pantalones tejanos y zapatos, mientras que la ropa de Ruslan era de un estilo denim negando cualquier identidad ya que tenía los logotipos de las marcas arrancados o tapados con parches cosidos a mano. El hermano era de estatura más baja que Ruslan, con barba decididamente estudiada que dibujaba a la perfección los surcos que partían desde sus hoyuelos hasta casi el filo de la mandíbula. Pelo rubio, nariz de perfil clásico y sonrisa igual de perfecta. Me sirvieron el vino y me mostraron el mapa de su nación. Su familia, de origen turco, había sido rechazada y perseguida por tres gobiernos, empezando por el ejército que daba de comer a sus bisabuelos: el ejército de Armenia. Con la guerra Turco-Armenia que precedió a la incorporación de estos últimos a la URSS, la familia de Ruslan, despojados de nación y de futuro y con la imposibilidad de alineamiento en ninguno de los dos bandos –no podían ser del todo armenios, pero tampoco enteramente turcos- decidieron volver a Turquía, país que ya les había sido hostil siglos antes con la persecución a su comunidad. Sin lugar estable de residencia mas que sus propias caravanas tiradas por un pobre ganado, fueron acogidos en Grecia, lugar donde nacieron ambos hermanos. Los padres, invitados a abandonar el país, todavía buscan refugio entre las nuevas repúblicas independientes del Este

- Mientras mi hermano y yo luchamos desde nuestra posición para volver a recuperar nuestra dignidad y la necesidad de nuestro pueblo de ser reconocidos como Estado, un pueblo que es mi propia familia. Quizá no lo vea yo, ni mis hijos, pero espero que en unos doscientos o trescientos años eso pueda ser posible. Por eso es importante dejar tu huella en el mundo, para que gente de tu descendencia pueda seguir con un sueño común, que no es más que la búsqueda de una identidad propia, una identidad que sea reconocida por todos. Los actos perecen, como lo haremos todos nosotros, sin embargo la sangre puede ser eterna. La sangre es nuestro pasaporte a la eternidad. En el fondo no busco más que cualquier otro hombre, porque ¿no es eso lo que cualquiera busca? ¿no nos buscamos a nosotros mismos y nuestro sitio en el mundo? Yo no estaré completo hasta que mis orígenes sean reconocidos y no sepa dónde debo estar. Mientras tanto ese hueco lo ocupa la utopía de ese Estado y la esperanza que mis dos hijos puedan seguir mi camino, allá donde decida instalarme y donde ellos decidan empezar a buscarse. Por eso tengo que seguir conociendo lugares, conociendo culturas, y ver cuál de ellas puede hacerme de trampolín hacia la mía propia. De momento sé que no puede estar en el Mediterráneo, pero también sé que no puedo conformarme con un papel plastificado que oculta mi cara tras un escudo que ni me pertenece ni me ama.

Fue entonces, estudiando las imperfecciones de su cara mientras me comentaba lo terriblemente homogéneo del paisaje mediterráneo, cuando supe que quien tenía delante no estaba curtido en escuelas ni universidades, pero me había ofrecido más reflexión que cualquiera de los ensayos que tuve que destripar para evaluar mi aprendizaje; y comprendí que no debiera ser yo quien juzgara su condición moral, la imposibilidad de su utopía o en lo afortunado o desafortunado de sus desequilibrios, o mejor dicho, excentricidades psíquicas, ya que eso mismo, según mi visión, es lo que le confería a este imperfecto desconocido el carácter de genio.

Dos botellas de vino más tarde y alguna pregunta más sobre sus dos hijos -de mujeres diferentes-, sobre mí y sobre Monica Bellucci llegamos a la estación de trasbordo. Salimos al andén directamente con el cigarrillo en la boca de la que salía propulsado a tiempos constantes y rápidos, ptza-ptza-ptza-ptza, humo transportando letras y signos de interrogación. Una chica a la que ya vi observándonos desde el otro lado de la barra se unió a nosotros.

- Parece que te entiendes bien con ellos, ¡qué envidia!, yo no sé hablar bien inglés.
- Ni yo ni ellos. La cuestión es querer entenderse. Ellos también se quejan que aquí nadie pueda saber cuándo piden un café o una coca-cola ni incluso en un bar. Tenemos muy mala educación en cuanto a los idiomas extranjeros.
- Supongo que nos acostumbramos pronto a la comodidad de ser los entendidos y no quienes deben entender.
- Si, supongo, aunque no creo que yo haya gozado nunca de esa posición cómoda. Mírales a ellos. Saben defenderse en inglés y, siendo la primera vez que pisan España ya se habían atrevido a conocer algunas palabras y decirlas en voz alta. Deberíamos aprender más de lo ajeno.
- No sé, a mi me costaría, aunque no he ido nunca a un país que no hablara hispano.
- Comprendo.
- ¿Venís juntos?
- No, les he conocido en el tren.
- ¿Y dónde vais?
- Ellos a Murcia, yo me bajo antes.
- ¿Y sabes por qué quieren ir a Murcia? Es muy extraño…
- ¿Extraño por qué? Si sientes realmente interés por eso se lo puedo preguntar.
- Es que ¡yo también me bajo en Murcia!
- Ah vale, ya entiendo –lanzo un par de jás- Ruslan, ¿a qué vais a Murcia?
- ¿Te lo ha preguntado ella?
- Sí, creo que está interesada en ti.
- Vale, no tengo ningún problema. Dile que si quiere puede venir conmigo.
- No, todavía es demasiado pronto para hablar del amor.
- Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para el amor. De hecho el amor es el protagonista de nuestro viaje. Venimos en busca de una mujer. Mi hermano viene a conocer a su futura esposa.
- ¿Futura esposa? ¿No sabe quién es y ya viene decidido a casarse?
- Conoció a una chica por Internet. Hace un año de eso. Ayer estaba en Atenas conmigo, en mi casa, y me habló de ella. Le vi tan enamorado que sin pensarlo le obligué a coger el primer vuelo hacia España sin nada más que lo que llevábamos puesto. Yo voy con él porque es mi hermano mayor, y merece un respeto y mi protección. Por él lo haría todo, y si tengo que recorrer medio mundo para que él vaya a conocer a su esposa, yo lo haré. Contigo también lo haría, ahora eres mi amigo y estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ti.
- Vaya, nunca nadie me había ofrecido tanto en tan poco tiempo.
- Ese ya no es tu problema. Apartir de ahora todo te va a ir bien porque yo he aparecido en tu vida, porque tú te has mostrado amable con nosotros y yo tengo una deuda contigo. No pienses en el tiempo, sólo piensa que ahora mismo estamos aquí, tres extraños y, bueno -mirando a la chica-, una chica guapa, en la estación de tren de una ciudad que ni sabía que existía, bebiendo y fumando, y hablando sobre nosotros y sobre la vida. ¿Eso no es lo que hacen los amigos?
- ¿Qué te ha dicho? -me pregunta la chica-.
- Que van a Murcia a conocer a una mujer.
- ¿Qué te ha preguntado? -me pregunta Ruslan-.
- Que qué me decías.
- Dile que se venga conmigo.
- ¿Qué te ha dicho? -vuelve a preguntar la chica-
- Que sí. Mira, creo que lo mejor es que os presentéis porque me está entrando complejo de Celestina y ni soy tan vieja ni estoy tan gorda -ella ríe mientras él me sigue preguntando que qué le estoy contando.
- Pero te necesito para que traduzcas –me grita ella al oído mientras aprieta fuerte mi brazo- ¿Dónde han cogido el tren? -y en ese momento me sentí defraudado por su pregunta.
- ¿Realmente quieres saber eso? ¿Es lo más interesante que se te ocurre preguntar sobre ellos? -respondí de forma algo déspota.
- No sé, cualquier pregunta para romper el hielo -me responde con toda su inocencia, y yo encuentro un camino intermedio por donde andar cómodamente.
- ¿Desde cuándo estáis en Barcelona? -les pregunté a los dos hermanos.
- Llegamos esta mañana. Allí pudimos encontrar a alguien que nos ha dicho que podríamos llegar hasta la ciudad de la chica en tren, pero nos ha costado llegar hasta la estación, nadie nos entendía. Hemos comprado un plano para saber qué ruta estamos haciendo. Venimos totalmente a ciegas. ¿Eso es lo que te ha preguntado ella? Dile si quiere venir con nosotros.

Y así hasta que el silbido del tren anunció que el viaje proseguía. Se despidieron de la chica en la puerta del vagón y nosotros entramos en el ocho, y nos sentamos en la fila 1, letras Bé, Cé y Dé. Ruslan estaba realmente nervioso porque se acercaba el momento en que su hermano fuera a conocer a esa mujer, pero todavía estaba más preocupado por el hecho que no pudieran llevarla con ellos a Grecia a la mañana siguiente, como tenían planeado, o que finalmente a ella no le gustara su hermano, o simplemente que ella les hubiera engañado y no se presentara a la cita, o que ella no fuera la chica de las fotos que me enseñaban mientras nos dirigíamos al principio del principio. Ruslan pagaba su nerviosismo con una extraña pulsera de cuentas que utilizaba a modo de látigo entre sus dedos y acababa en una lengua viperina rematada con dos borlas de acero. Me dijo que era diseño suyo, que no tenía ningún valor material pero lo había compuesto en un momento de su vida en que debía pensar sobre su futuro y que, desde entonces, había tomado por costumbre palparlo cada vez que tuviera que exprimir su cerebro. Les pregunté si la chica les estaría esperando en la estación o tenían que ir ellos en su búsqueda. Entonces el hermano de Ruslan me mostró un mensaje con la dirección de la chica, una dirección algo confusa pero con un nombre claro: el de una pedanía de una ciudad a más de cincuenta kilómetros de la capital. Les mostré en el mapa dónde llegaríamos y dónde estaba la chica. Su preocupación se tornó angustia, así que cogí la libreta y describí la ruta que debían seguir y algunos números de teléfono, entre ellos el mío. Aun sin convencerme del todo que supieran coger el transporte correcto, al llegar a mi estación de destino decidí no bajar de ese tren y guiarles por Murcia hasta encontrar el mejor modo en que ellos pudiesen llegar hasta la chica. Si él tenía una deuda conmigo, la mía con respecto a ellos no era mucho menor. Había recibido todo un postgrado de humildad, y es que uno espera una especie de revelación que lo explique todo, un momento de claridad absoluta en un ramalazo de misticismo onanista que nos traiga ese “algo” que al parecer vive en los sueños y en el subconsciente y que ocupa un tiempo tan importante como innecesario en nuestra vida. Y mientras se malgasta energía en hurgar en el dolor, todo aquello que debería importar se escapa por el rabillo del ojo. No se presta atención, incluso se rechaza, aun teniéndolo a menos de un metro de las narices.

Ya en Murcia decidieron coger un taxi. Negocié con el conductor la cuantía de la aventura y le entregué el cuaderno de bitácora que describimos en ese tren. Nos despedimos con un fundido abrazo y nos deseamos suerte en el encuentro con la esposa, en el encuentro con la identidad y en el reconocimiento de ese Estado. Viendo cómo los destellos rojos del taxi reflejaban en el asfalto mojado introduje las manos en los bolsillos de mi chaqueta de la que saqué un papel expoliado de mi propia libreta. En el papel, escrito en mayúsculas bastante separadas y con trazo zigzagueante, un nombre delante de una arroba y un último mensaje:



“T HiS IS MY PReSeNT FOR YOU, my FRieND. Ola KaLA”